-Y, pero, si no te das la chance de conocerme, ¿cómo sabés que no te gusto?
-Ahí está el tema, no quiero darte una chance.
-Y, pero, si no te das la chance de conocerme, ¿cómo sabés que no te gusto?
-Ahí está el tema, no quiero darte una chance.
Hace unos años, un grupo de personas decidió vivir sin miedo. Estas son sus historias:
-A veces me gustaría que las personas fueran un poco más parecidas a los perros.
-¿Cómo?
-No sé, o sea, incluso con vos me pasa. Mi perro, cada vez que llego, está contento de verme, es su alegría máxima. Y vos, en cambio, como que lo re das por sentado, como "ah, llegó mi novio, bueno, ok, nada en especial".
Estábamos en el desierto, camino a Moynaq. El chofer dijo con lenguaje de señas que había que parar a cargar nafta.
Un exilio premeditado a un pueblito. O, al menos, a una ciudad que no sea gigante. Con menos de 100 mil habitantes ya estaría bien.
Montañas con algo. No importa si son lagos, desiertos u océanos. Y que la gente que no ande nerviosa por la calle. Que haya nieve en invierno, y que en verano no haga tanto calor.
Me invitó a salir una chica y acepté, como para tener alguna nueva experiencia. Como "salir" no se puede, nos vimos en su casa. Vive en un monoambiente, como casi todos los de mi generación.
Me encanta ir al dentista. Todo está limpio, reluciente. Colores pastel y superficies lisas.
Todo es completamente humano, antinatural.
El órgano sonaba de fondo evocando cuatro acordes menores sin audacia y fáciles de seguir. La atmósfera ya estaba creada: El recuerdo se repetía una y otra vez.
Ella estaba al otro lado de la mesa, pequeña pero infinita. Mirábamos el escenario sabiendo que nuestros pies estaban cada vez más lejos de la tierra. Pero en el bar nadie se elevaba, y todos temían.