viernes, 3 de junio de 2016

Ástrid - Parte 13






El mensaje


Mientras el taxi continuaba su marcha, y las luces de los faroles se sucedían fugazmente, no podía sacarme de la cabeza una pregunta que me perseguía desde chica: “¿Por qué no hay relojes en la calle?”.
Desde que tengo memoria, apenas habré visto un par de relojes erigidos en la vereda. Irónicamente, ninguno de ellos en hora. De hecho, una vez le pregunté a mi mamá por qué prácticamente no se veía ninguno en la calle. “Ni idea, hija, ¿para qué querés relojes en la vereda?”, me contestó.

Mi mamá no era la única que pensaba así. Cada vez que iba a la casa de alguien, notaba cómo había (a lo sumo) un reloj, si es que tenían alguno. Y ante mi pregunta siempre caía la misma respuesta: “¿Para qué tantos relojes?”.

Hoy puedo ver la hora en cualquier lado, porque todos los aparatos de alta tecnología la tienen incorporada, pero antes no era así. Siempre me cuestioné el valor que se le daba al tiempo en el corto plazo. Cómo a muchos se les hacía tan fácil hablar de años, pero no podían estimar el poder de las horas y los minutos.


Recuerdo escuchar planificaciones de vida muy precisas, hasta calculando en qué año pasaría tal o cual cosa; pero después me topaba con que esas mismas personas no podían siquiera llegar a horario a un lugar determinado, incluso habiéndolo acordado varios días antes.

¿Será que, en realidad, vivimos sin tiempo? ¿Acaso su función es únicamente servirle a la gente como argumento?

Mi papá era de la peor calaña, y mi mamá lo sabía, pero siempre le creía la misma excusa: “Dame tiempo, voy a cambiar, dame tiempo”. A veces creo que, en realidad, nunca le creyó, y que ella no se alejaba de él por una sencilla y estúpida razón: No sabía qué hacer con su propio tiempo.


Hay meses enteros en los que yo misma no sé qué hacer de mis días. No tengo a quién ver, no tengo en quién pensar y, mientras tanto, veo cómo hay personas que se desarman en lamentos porque alguien no les quiere, se entretienen con la agenda del consumo, o caen en los peores estereotipos, y celebran dar días y noches de su vida para eso.


Igualmente, si ahora alguien me preguntara qué hice esta noche, podría decirle que fui a un cumpleaños y besé a un chico. ¿Acaso no es lo que hace medio mundo cada fin de semana? ¿Será que esta noche soy parte de esa gran madeja social? Quizás él esté acercándome de vuelta a todo eso. Me doy cuenta que es muy bueno conmigo (y que realmente intenta lograr que yo la pase bien), pero todo lo que le rodea me parece insoportable. Yo ya me fui de ahí, no quiero volver por compromiso.


Me gusta mi soledad, me hace feliz no depender de la aceptación de otros, y no tener que andar eludiendo situaciones para no herir sentimientos con mis negativas. Me gusta tener el control de mi tiempo. Sin embargo, a mi cabeza volvió una vieja y oscura idea que me atormentó mucho tiempo, y necesito nuevamente erradicar. Quizás, con más urgencia que la última vez.


La pasé muy mal entonces, y no quiero volver a eso, al horror de no poder convivir conmigo misma. Fueron épocas que me devastaron: “Ástrid, ¿por qué estás tan sola?”, susurraba una voz en off cada vez que llegaba la noche. “Ástrid, ¿así querés terminar cada día del resto de tu vida?”, insistía, cada vez que me acostaba para dormir, mientras un filo helado recorría mi espalda.

“Ástrid, ¿cuál es el propósito de tu existencia?”.

Finalmente, el taxi frenó, le pagué, y subí hasta mi departamento. Apenas entré, me cambié la ropa, y me recosté.


No dormí bien. Por primera vez en mucho tiempo, había vuelto a despertarme frustrada, y la ducha matinal no bastó para volverme a dar ánimos. “¿Cuánta agua caliente tiene que caer sobre mi cuerpo para corroer esta sensación?”, pensaba, mientras el impacto de las gotas sobre el piso ensordecía todo lo demás.

Apenas terminado el baño, desayuné un café con leche y algunas galletitas que habían quedado dando vueltas por mi casa. Entonces, revisé mi celular, y había un mensaje. Era él, naturalmente. ¿Quién más iba a escribirme?

Su mensaje era bastante más largo que los anteriores y, tal vez, un poco más sincero:


“Nunca conocí una chica como vos, ni tampoco pensé que alguna vez podría conocerla. Muchas veces creí que iba a tener que aceptar que no había personas que pudieran hacerme sentir distinto a cómo me sentí siempre. Nunca creí que existiera una Ástrid en este mundo.

Me gustaría pedirte disculpas por el beso, si es que te molestó, pero la realidad es que me gustás. Yo no te gusto de la misma manera, ahora lo sé, pero para darme cuenta tuve que usar una forma un poco extrema. Perdón, de verdad, no quise invadirte.
Te quiero dejar claro que no tengo malas intenciones, sólo soy un chico común y corriente, que se está enganchando con una mujer que no parece real. Cada palabra que decís me abre una puerta a cosas en las que nunca me había puesto a pensar o, en algunos casos, siempre tuve miedo de exteriorizar. Y vos lo hacés con tanta soltura… que siempre me dan ganas de verte una vez más. Y así cada vez que hablamos, incluso con tu frialdad, con tu distancia…
Sé que no estoy a tu altura, sé que todo lo que pase entre nosotros depende de tu decisión. Lo sé porque no tengo forma de convencerte de seguirme en mi camino, en mi vida, o en mis gustos, pero me encantaría seguirte a vos en los tuyos o, aunque sea, que los compartieras.
Al menos quisiera ser tu amigo, pasar tiempo con vos, caminar por Buenos Aires o tomar algo en donde vos tengas ganas.
Pero, por favor, no me des vueltas en círculos. Necesito que, si no te intereso en absoluto, me lo digas directamente, y no me hagas creer que nuestra relación (sea cual sea) va para algún lado, cuando en realidad no es así.
No me gusta que nadie me tome el pelo, sobre todo si es alguien que me gusta tanto. Te pido que decidas qué querés que hacer, y si querés decírmelo en persona, avisame y lo hablamos. No me asustan tus respuestas, sino tus incógnitas.
Espero tu respuesta, Ástrid. Beso”.



PARTE 14 https://www.tomasbitocchi.com/2016/06/astrid-parte-14.html


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